No rememoro esto en vano ni pretendo realizar una extensa disertación sobre los encantos que guarda esa bella península, todo esto viene a que es a esas tierras a donde me remite la imagen del vendedor de paraguas, un tipo extraño y algo sibilino que en los días de lluvia sale al acecho de todo aquel incauto que se atreva a ir por la vida sin el arma reglamentaria.
En Dublín debe llover algo más que, pongamos, en Roma, pero aquí, por el contrario, se ha declarado la guerra al paraguas.
Yo siempre he pensado que el paraguas es un elemento algo inútil: si bien te protege de la lluvia —o lo intenta—, el tener que llevar ese armatoste a cuestas al cruzarte con otros paragüistas te obliga a hacer malabares para no sacarles un ojo, y eso a la larga no compensa.
El verdadero problema, por si esto fuera poco, viene cuando las fuerzas de la naturaleza se confabulan en tu contra y deciden que te toca mojarte sí o sí.
Y es que por lo visto los irlandeses compraron el tiempo en un pack inseparable de lluvia y viento, y por culpa de este 2x1 los paragüeros de toda Irlanda sufrieron un cambio de paradigma vocacional, así que ahora se dedican a servir pintas, cultivar patatas y demás menesteres realmente productivos.
Pocos son los iconoclastas que contra toda regla y convención establecida sacan el paraguas a pasear.
Aquí, a la gente le basta con una chaqueta-impermeable. Sí, te mojas igual, pero no vacías cuencas oculares y eso, creédme, es algo que la mayoría de personas suele agradecer.
Así pues, si por alguna azarosa casualidad tenéis pensado venir para aquí, aprovechad el sitio del paraguas para meter algo más útil en la maleta, como la colección de cromos de Mazinger Z o un saxofón.
Desde Dublín, con mucha ropa que secar y poco sol, me despido.
Pronto más —esperemos que con más frecuencia— y mejor.




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