16 de octubre de 2014

Schadenfreude

Ya se había acomodado en la butaca cuando las primeras gotas empezaron a morir contra el cristal. Dio un sorbo largo al té mientras seguía ávidamente la trayectoría que el agua dibujaba sobre el vidrio. La calle era un desierto de viento y alquitrán, pero sabía que no tardarían en llegar.

Para amenizar la espera decidió abrir el ajado cuaderno que llevaba consigo y comenzó a hojearlo. No prestaba atención alguna a lo escrito, pero el tacto del papel bajo sus dedos le retrotraía a épocas anteriores. Sólo al llegar a la última anotación se permitió dar otro sorbo al té. El invierno había sido largo y seco, pero todo indicaba que hoy escribiría una nueva página. Cerró el cuaderno y esperó.

La lluvia estaba arreciando y, empujada por el viento, repiqueteaba furiosa contra la ventana. Corrían ya los primeros riachuelos que, a su paso por las calles, relegaban colillas, hojarasca y demás inmundicia a las cloacas. Tan sólo faltaban los actores.

Empezaba a impacientarse cuando llegó el primero. El chico, completamente empapado, corrió presto a asubiarse bajo un balcón, quizá con la esperanza de que pronto amainaría.

Desde la cálida butaca podía apreciar cómo se iba formando un charco debajo de aquel niño, fruto del goteo continuo del cabello y la ropa. La imagen le resultó especialmente deliciosa, por lo que durante unos minutos la observó detenidamente, como si examinara un cuadro, para luego estallar en sonoras carcajadas.
Aún con la respiración entrecortada por la risa y la euforia, abrió el cuaderno y comenzó a realizar garabatos prácticamente incomprensibles, sin dejar de mirar por la ventana.
Sumido en un estado de trance, siguió llenando hojas con extrañas grafías y símbolos, y no paró hasta que el chico, habiendo comprobado ya la inutilidad de quedarse allí parado, decidió seguir su camino. Algo descontento con esto, cerró el cuaderno y lo dejó en su regazo.

Tras una larga espera en la que sólo hablaba el agua, llegó ella.
Tendría unos cincuenta años y se aferraba a un gran paraguas negro con el que se protegía del temporal. En un principio no le prestó demasiada atención, pues sabía por experiencia que los paraguas aguaban totalmente el juego, pero en cuanto llegó la primera ráfaga de viento, no se pudo contener.
El varillaje del paraguas estaba ahora totalmente invertido y la señora apenas sí era capaz de sujetarlo.

Empezó a reír como pocas veces antes, regodeándose, olvidándose de todo lo demás. Ni había cuaderno, ni butaca, ni salón, ni lluvia, ni señora: sólo quedaba felicidad.

Cuando volvió en sí, la calle volvía a ser un desierto. Abrió el cuaderno y examinó lo que había escrito durante la tarde. Complacido con el resultado, se levantó de la butaca, cogió la taza de té, ya vacía, y bajó las escaleras.

Ya sólo quedaba esperar.

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